Escribir como terapia III

El malentendido de la foto de Whatsapp

Cómo iba a imaginar que un 24 de diciembre se podría estropear por un malentendido. Que en un segundo todo se podía echar a perder de tal manera que una fecha tan señalada se convertiría en otro momento de martirio que añadir a la lista. Fíjate. Una vez más tan solo fue una tontería. Todo se malinterpretó y mi palabra no fue suficiente para contener la situación. Todo se rompió. Sin la posibilidad de volver atrás. Y ello cayó en el olvido.

Pongámonos en situación. Unos días antes de ese fatídico día, ella y yo pasamos una tarde cualquiera. Mi chica y yo estábamos en un parque dando un, por qué no decirlo, maravilloso paseo romántico por el parque paseando a nuestro perro. Tal vez algún día hable de él. El caso es que al abrigo de la tarde oscurecida y de la luz de una farola de generosa luminosidad, pensé en sacarle una foto a mi preciosa chica sosteniendo la correa de nuestra mascota. Recuerdo que mi móvil era un iPhone SE, en el que todas las fotografías se almacenaban en la misma carpeta, denominada carrete, independientemente de su procedencia (cámara, Whatsapp, screenshots, etc.). Momentos antes había recibido una foto obscena del grupo de Whatsapp del trabajo. Creo que cualquiera que lea esto sabe cómo va a acabar.

La foto mostraba la imagen de una mujer desnuda en actitud sugerente. Estaba sentada en unos escalones de madera y apoyada en la pared, con las piernas abiertas dejando ver sus partes más íntimas. En la leyenda de la foto “rezaba” la siguiente frase: “Estas navidades el marisco se come crudo”.

Resulta que es evidente lo que sucedió. Momentos antes recibí mensajes de un grupo que no revisé, pero el contenido se descargó automáticamente -benditos avances de Apple-, y al prestarle yo el teléfono a mi novia para que viera la foto que la saqué, pasó el carrete y vio la imagen descrita arriba.

¿Entonces cuál fue su reacción? Pues desde luego no la que yo esperaba. Fue desconcertante ver que no le dio demasiada importancia, devolviendo el móvil y diciendo que vaya cosas veo. A lo que yo contesté: “Me las pasan y siempre las borro. No me interesan. Simplemente se me ha colado”.

Y regreso al día de lo ocurrido. ¿Qué fue lo que sucedió? Pues adivinad… ¡La misma maldita situación! Sí, claro…Venga ya hombre, ¿a quién quieres engañar? Sabéis qué os digo… que maldito sea mi desamparo y mi falta de presunción de inocencia. Maldigo todas las leyes físicas que apuntan a que por ser hombre tengo que estar interesado en ese tipo de contenidos.

Ese día 24 de diciembre estuve con mi chica en Mejorada del Campo (Madrid), viendo su catedral erigida únicamente con materiales reciclados. Aquel día volví a recibir LA HIJA DE LA GRAN PUTÍSIMA MISMA FOTO, por otro grupo diferente. Saqué varias fotos de la catedral, se las enseñé a mi novia y se volvió a encontrar con la misma estampa. Torció el gesto y no me volvió a dirigir la palabra durante el resto del día. Ni siquiera contempló la posibilidad de que pudiera tratarse de una fatídica casualidad. Conduje hasta su casa entre una tensión en el ambiente que se podía cortar con un cuchillo, y al apearse me repitió aquellas palabras que me harían sentir sucio el día más bonito de todo el año.

Estas navidades el marisco se come crudo-.

Gracias por vuestro tiempo.

2 comentarios sobre “Escribir como terapia III

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